Las-malas
Portada de «Las malas» de Camila Sosa Villada

“Nosotras, las olvidadas, ya no tenemos nombre. Es como si nunca hubiéramos estado ahí” 

Empiezo por el final, como si ese punto que sigue a la última frase se haya convertido en una mezcla entre luminosidad y oscuridad. Fue Roberto Moro, en una reseña en Libros y Literatura (podéis leer la reseña aquí), quien preguntaba si una novela podía ser luminosa y oscura a la vez. Esa idea recorrió de alguna manera toda la lectura de “Las malas” de Camila Sosa Villada como si fuera un leve ruido que se instala en la cabeza y ya no te suelta hasta que tú no dices que ya es suficiente, que pare, que el dolor no debe ser eterno; que la realidad, por favor, deje de golpear, o de estar tan llena de mierda o, qué sé yo, que deje de hacernos precipitarnos al vacío aunque tengamos los pies clavados en el suelo. Reverbera esa idea de la luminosidad y la oscuridad. Se repite como lo hacen los recuerdos que intentamos olvidar y que nuestro cerebro relega a un segundo plano hasta que, paf, vuelven a nuestro presente para recordarnos algo que, entre el equilibrio de los dos conceptos, olvidamos: que la luz proyecta sombras, que no dejan de ser otro tipo de oscuridad que nosotros mismos producimos. 

Lo primero que me hizo acercarme a “Las malas” fue algo tan básico como la portada. Observemos a esas dos personas: una parece sonreír mientras la otra oculta su rostro, pero intuimos, nos imaginamos – o, al menos, queremos hacerlo – que también sonríe. No tenía ninguna referencia más. Di la vuelta al libro y empecé a leer su sinopsis. Una mujer que encuentra en las travestis del parque Sarmiento un lugar de pertenencia, un comienzo pero también un final, un principio que no se parece a los cuentos de hadas que nos contaron de pequeños, un camino que se retuerce como lo harían nuestros músculos de tantos golpes recibidos. Más allá de los parecidos con otras autoras de los que habla la contraportada, compré el libro sin pensar más. Tenía que ser mi siguiente lectura. 

“Eso que sucede en esa casa es complicidad de huérfanas”. Esa fue la primera frase que subrayé en este libro. El primero de muchos pequeños rastros, huellas, muescas y heridas en la piel, que me acercaban un poco más a lo que Las malas” ofrecía. Sorprenden las imágenes que Camila Sosa Villada crea para describir un mundo lleno de putrefacción para, segundos después, quebrar el momento y convertirlo en algo que roza lo demencial, lo divertido, la fiesta que engalana y transforma la realidad. Leemos sabiendo que lo que nos están contando no es algo para alegrarse y, sin embargo, una pequeña sonrisa aparece en los labios. Creo que eso es lo que más me ha sorprendido de la prosa de la autora: a ratos concisa y dejando de lado los disfraces, a ratos convirtiendo en algo cercano a lo fantástico la verdad que se camufla. “En esa casa travesti, la dulzura puede hacer todavía que la muerte se amedrente. En esa casa, hasta la muerte puede ser bella”. Esa fue la tercera frase que subrayé en este libro. Y creo que refleja a la perfección el mundo del que nos habla Camila. Un mundo fragmentario. No esperemos encontrar aquí una historia narrada con un principio y un final. No esperemos, por tanto, una biografía que empieza con un nacimiento y termina con la muerte. Aquí hay dos nacimientos y muchas muertes pequeñas. Aquí, además, lo más importante son las imágenes y cómo pueden recrear a la perfección una época, sentimientos, y una visión del mundo de muchos que, marginados, hemos vivido al otro lado del espejo mientras esperábamos a que nos cortaran la cabeza. 

“Camila está hecha de pequeños delitos. Primero a la madre, a las tías y primas, después a mis compañeras de baile y después a los clientes. Sobre todo a los clientes”. Llegados a un punto, no sé en qué posición de subrayado me encuentro. Lo que pretendo destacar aquí es la palabra “hecha”. Ese hacerse a una misma, ese crearse, ese doble nacer, ese ir y venir, ese dejar de existir por momentos para volver a la vida. Y quizás Camilia no sea vista como una superviviente, pero lo es. Sobrevive cuando las flores del parque empiezan a marchitarse. Lo hace cuando el frío corta la piel, la agrieta y el vaho que sale despedido por la boca es la señal de que alguien puede probar del delito. Lo es, una superviviente, cuando el golpe se ha convertido en palabra y cuando este libro ha volado tan lejos como para aterrizar en esta casa pequeña pero llena de historias que, si se me permite, no se parecen en nada a la de Camila. 

No conozco a Camila Sosa Villada, pero me encantaría tenerla en frente para, con su permiso, poder abrazarla. No un abrazo de consuelo, no un abrazo de protección, no un abrazo de pena. Un abrazo de verdad, de reconocimiento, de lucha, de guerra, de batalla. Porque “Las malas”, aunque en algunos pasajes juegue al despiste y nos haga replantearnos qué estamos leyendo en realidad, vuelve a quebrarse rápidamente para regalarnos a los lectores y las lectoras, pasajes como el que sigue y cierran esta especie de reseña: 

“Si alguien quisiera hacer una lectura de nuestra patria, de esta patria por la que hemos jurado morir en cada himno cantado en los patios de la escuela, esta patria que se ha llevado vidas de jóvenes en sus guerras, esta patria que ha enterrado gente en campos de concentración, si alguien quisiera hacer un registro exacto de esa mierda, entonces debería ver el cuerpo de La Tía Encarna. Eso somos como país también, el daño sin tregua al cuerpo de las travestis. La huella dejada en determinados cuerpos, de manera injusta, azarosa y evitable, esa huella de odio”. 

Luz y oscuridad.