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Portada de «El infinito en un junto», de Irene Vallejo

Desde que aprendí a leer he sentido una gran pasión por la literatura y a lo largo de mi vida he sido un lector voraz. Durante años he ido acumulando en mi casa todos los libros que me parecían dignos de ser leídos y, por supuesto, aún no he podido leer la mayoría de ellos. Lo cual no resulta incompatible con el hecho de que siga comprando libros que quizás no vaya a leer hasta dentro de unos años. Algunos de los cuales puede que no vaya a leer nunca.  

Además de lector empedernido también escribo mis propias historias desde hace un tiempo y, por si fuera poco, me dedico al precioso oficio de vender libros así que puedo decir que la literatura, en un sentido literal, es mi vida. Sin embargo, tras tantos años perdiéndome entre miles y miles de páginas, ha sido una pandemia la que me ha redescubierto la literatura. El duro confinamiento vivido durante tantas semanas ha supuesto una especie de reaprendizaje de la lectura. El hecho de no tener muchas opciones para llenar un tiempo vacío que se extendía sin fecha de finalización y la necesidad de evadirse de una realidad aterradora e inimaginable han convertido a los libros en una tabla de salvación personal. 

No solamente por el placer de sumergirse en una novela sin prisa alguna y manteniendo una atención plena en la historia sino en la demostración de que la literatura, como el resto de las artes, es fundamental para muchas de nuestras vidas. 

También creo, aún a riesgo de sonar a cliché, que muchos libros nos llegan y reclaman nuestra atención cuando es el momento adecuado de leerlos. Y El infinito en un junco, el maravilloso ensayo de Irene Vallejo sobre el origen de la literatura ha sido, para mí, el colofón idóneo a todo ese maremágnum emocional. Porque leer El infinito en un junco también ha sido como redescubrir la literatura. No solamente como reforzamiento de una pasión compartida por millones y millones de personas a lo largo de la historia sino por el trabajo de arqueología literaria que supone. 

Irene Vallejo desentraña, a golpe de escoplo narrativo, los orígenes de la literatura con la invención y perfeccionamiento de los libros. Traza, con la narrativa impecable y bella de los buenos cuentos, un mapa genealógico fidedigno de esa humana necesidad de registrar nuestras vidas, desde lo más funcional hasta lo más espiritual, y convertir el lenguaje hablado en escrito para que las futuras generaciones puedan tener constancia de lo que fuimos nosotros. De crear mitos y una imaginería común para entendernos, articular nuestras sociedades y hacer un esfuerzo por explicar los insondables misterios de la existencia.  

Pero El infinito en un junco también es una apología de lo que no está, literalmente, escrito. Porque ese trabajo de campo para explicar cómo fue el origen de la literatura y su vital importancia en el funcionamiento de las primeras civilizaciones no siempre es posible debido a la destrucción de la mayor parte de los manuscritos y las fuentes originales. Bien por la extrema fragilidad de los materiales en los que se escribían documentos únicos, bien porque están redactados en idiomas imposibles de descifrar por la ausencia de contextos o por la destrucción planificada de gobernantes que deseaban imponer sus nuevos criterios e ideologías.  

Por eso, una parte de la magia y el magnetismo que posee el ensayo es jugar a especular sobre cómo podrían haber sido las cosas. La necesidad de imaginar y presuponer para rellenar esos vacíos de información que nuestra mente no soporta y que son, precisamente, uno de los motores de la propia literatura. Y es que Irene Vallejo ha logrado, con una facilidad pasmosa, lo más complicado que se puede hacer en literatura y es crear una obra amena, fascinante, didáctica, sorprendente y con multitud de lecturas que abren, todo el tiempo, interrogantes filosóficos y plantea ideas repletas de belleza. 

Como indica el propio título del ensayo, en la literatura cabe todo y una simple hoja en blanco es la que lo contiene. Y cada página de este ensayo es una apertura a ese infinito. A las posibilidades de imaginar cómo la destrucción de bibliotecas antiguas como la de Alejandría o de Babilonia supuso perder casi todo el conocimiento acumulado hasta el momento y que su conservación, probablemente, nos hubiese desarrollado una cultura completamente distinta a la que conocemos. Quién sabe si mejor o peor pero muy diferente. O que la literatura, entre otras muchas cosas, es memoria colectiva y que su desaparición no trae otra cosa más que oscurantismo. Entre ellos el silenciamiento de la mujer y la negación sistemática de su papel en la sociedad y el acceso a la cultura. De ahí que la literatura siempre haya estado vigilada y mirada con recelo por el poder y las autoridades religiosas. Por ser motor de cambio y acicate de revoluciones. Por eso, el oficio de librero o bibliotecario siempre ha sido una profesión de riesgo en cualquier época. El punto de mira de los fanáticos.  

También nos descubre que la base física de los libros, que hablan sobre la vida, proviene de la propia vida de las plantas o de la piel, tanto humana como animal. Y nos hace reconocer la imposibilidad física de leer todo. Saber que los amantes de los libros han existido desde sus orígenes y esa necesidad de conocer, acumular volúmenes y aprender ha llevado a muchos seres humanos a hacer lo posible, aún sacrificando sus propias existencias, para preservar el conocimiento heredado y tratar de hacerlo accesible a los demás. Que el mundo puede cambiar pero las cosas, al fin y al cabo, siguen siendo las mismas.  

En definitiva que la literatura, como la propia vida, ha sobrevivido bajo cualquier circunstancia. Y ahí está una de las esperanzas que plantea el ensayo. Que, a pesar de los malos augurios que la era digital trae sobre los libros en papel, estos tienen su futuro garantizado. Porque los libros, desde hace siglos, apenas han cambiado y ahí, en su sencilla perfección, siguen ejerciendo la misma función para la que fueron inventados. Como dice Irene Vallejo en un pasaje del ensayo, no podemos acceder a la información de un casete inventado hace tres décadas porque casi nadie disponemos ya de equipos para reproducirlos pero podemos seguir leyendo un libro publicado hace quinientos años. Y en esa idea, tan paradójica como extraordinaria, es donde se resume la fuerza y el poder de atracción que ejercen los libros sobre el ser humano. 

A lo largo de mi vida han pasado por mis manos muchísimos ensayos y puedo asegurar que El infinito en un junco es, sin lugar a dudas, uno de los mejores que he leído. Un auténtico alarde de sabiduría, belleza y amor por un arte imperecedero y un oficio maravilloso. Y ahí está esa magia de la literatura que, cuando parece que ya está todo contado, nos encontramos con obras que vuelven a replantearnos todo.